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Logro desbloqueado: prácticas en empresa

Las prácticas en empresas… o el consabido quebradero de cabeza de actuales y futuros egresados. Obligatorias o no, unas buenas prácticas en empresa pueden convertirse en nuestro primer impulso hacia el mercado laboral. Tener una primera toma de contacto en una empresa relacionada con nuestro sector de estudios puede proporcionarnos el empujón necesario hacia la tan demandada experiencia profesional, así como ponernos en contacto con aspectos del día a día del traductor desconocidos hasta entonces.

En mi caso, las prácticas conforman una parte obligatoria del máster (y me alegro que así lo sea). Fue entonces cuando decidí proponérmelo como un reto y emprender la búsqueda por mí misma. Al fin y al cabo, admito, tuve la suerte de contar con el respaldo de la universidad si la búsqueda resultaba infructuosa. Incluso, si hubiera sido el caso, estaba convencida de que me ayudaría a simular las distintas fases de la búsqueda de empleo y comprender todo lo que ello conlleva. Contaba con un tiempo algo limitado (2-3 meses), así que decidí ponerme manos a la obra cuanto antes. No soy ninguna experta, pero considero que la clave está entre la perseverancia y la suerte. Ojo, no os equivoquéis: la suerte no viene sola, la suerte se persigue. Esto es algo de lo que cada vez estoy más convencida.

Dicho esto, si todo sigue su cauce, volveré a hacer las maletas para dar otro salto: ¡Madrid!

Por este motivo, me gustaría elaborar una serie de consejos con el fin de alentar a otros estudiantes en su búsqueda o, por lo menos, evitar que tiren la toalla demasiado pronto. Para ello, es importante evaluéis dos aspectos de vuestro perfil: actitud y empleabilidad.

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Traducción ¿e interpretación?

Durante estas dos últimas y agotadoras semanas, he tenido la oportunidad de asistir a un módulo de interpretación que se imparte en el máster que actualmente curso. Contrario a todas mis expectativas, he de admitir que ha sido una experiencia muy enriquecedora. Por supuesto —y todos los intérpretes profesionales que lean esto estarán de acuerdo— dos semanas de clases, aunque intensivas, apenas sirven para asentar una pequeña parte de la capacidades exigidas para interpretar. Aun así, ha servido para obtener cierta perspectiva de lo que supone adquirir una base en la profesión.

Os interese o no la interpretación, hay algo que sí puedo extrapolar de mi experiencia: no tengáis miedo a probar cosas nuevas. Poned a prueba vuestros límites; de poco os servirá cerrar puertas a cal y canto.

Por supuesto, fue un mínimo de curiosidad lo que me impulsó a elegir este módulo (optativo) sobre otros. Ha sido ese mismo sentimiento de curiosidad el que hemos compartido un grupo de 8 personas durante estas dos últimas semanas en clase. Estoy segura que todos, al igual que yo, estarán de acuerdo en lo siguiente: desde una perspectiva externa, la falta de conciencia que existe sobre esta rama de la profesión resulta llamativa, por decirlo de algún modo. Sabíamos de antemano que interpretar grosso modo implica trasladar contenido de un idioma a otro de forma oral. ¿Pero éramos conscientes de todo lo que involucraba?

¡Ni por asomo!

Nuestra propia experiencia en clase ha servido para acercarnos a las destrezas del intérprete. Para nosotros, los estudiantes, también ha supuesto un exhaustivo proceso de auto-evaluación. Partiendo de un extensivo conocimiento de sus idiomas de trabajo, hemos comprendido que el resto de destrezas exigidas y necesarias como la concentración, la memoria, la disociación, la documentación previa y varios aspectos importantes de oratoria no se adquieren de la noche a la mañana. Sin duda, son una serie de habilidades asimilables a través de la práctica; claro que no garantiza que deje de resultar difícil.

Estudiante de interpretación vs. Intérprete profesional

Una de las lecturas claves y reveladoras del módulo fue el «Modelo de esfuerzos» elaborado por Daniel Gile. En él, habla sobre la dificultad intrínseca de la interpretación y las distintas cargas cognitivas que ello implica sobre la memoria a corto y largo plazo. Me llamó especialmente la atención el final del capítulo, donde cerraba con una reflexión sobre las tareas del traductor e intérprete, respectivamente. Mientras que el traductor puede asignar toda su capacidad mental a los esfuerzos que exige un proceso de traducción (lectura y escritura), la clave para una buena interpretación reside en la habilidad del intérprete a la hora de coordinar su capacidad total cognitiva. A lo largo de la formación del intérprete, se hace hincapié en mejorar la capacidad de coordinar los distintos esfuerzos necesarios (escucha, análisis, memoria, producción) a la vez que se promueve el conocimiento lingüístico y extralingüístico para así alcanzar un rendimiento óptimo. Precisamente, la práctica de estas competencias suponen una de las mayores diferencias en la formación de los traductores e intérpretes.

Por eso, desde una perspectiva externa, me pregunto: ¿puede un traductor ejercer de intérprete? ¿Es adecuado asumir que un estudiante de grado/licenciatura de Traducción e Interpretación está capacitado para realizar ambas modalidades? Si hay algún estudiante o egresado en la sala, me gustaría saber su punto de vista. :)

Buscando experiencia

Ayer, revisando Twitter, me topé con esta entrada de Pedro Márquez en su blog En la punta de la lengua. No decía nada novedoso, pero sí algo que, en mi opinión, merece la pena recordar dentro y fuera de las aulas: «no hay que tirar la toalla». Seguro que a muchos os chirrían los oídos de escuchar algo tan cliché, pero no deja de ser menos cierto. Siguiendo el hilo de su propio argumento, no va a suceder nada si nos quedamos de brazos cruzados, lamentándonos una y otra vez de lo difícil que es. De acuerdo: lo es. ¿Ahora qué?

Hablando desde mi propia experiencia, empecé este máster con la esperanza de redirigir mi estudios a algo más práctico, como la traducción. Una vez me puse en situación, descubrí algo todavía más obvio: hay muchísimos egresados en Traducción e Interpretación que comparten mi misma combinación lingüística y con una formación más especializada (en concreto, 5 años más especializada) que la mía. «La primera en la frente», pensé. Asumido esto, me volví a preguntar: ¿ahora qué?

Ahora hay que buscar la forma de hacerlo funcionar.

Poco a poco, me he ido dando cuenta de que mi formación, aunque no especializada en Traducción, puede ser revaluada e incluso empleada como ventaja. Todo lo demás, lo que yo consideraba carencias (en el método, técnicas, tecnologías, etcétera) lo estoy aprendiendo. Lo que no sepa, lo aprenderé por cuenta propia, a paso firme. ¿Cómo?

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